"hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir"
¿Y si un tiempo y otro se encuentran en el mismo lugar? ¿Y si el lugar mismo es la reunión de tiempos que se interceptan incesantemente negando todo principio, acaso todo fin?
"Hay, pues, agenciamientos muy diferentes, mapas-calcos, rizomas-raíces, con coeficientes de desterritorialización variables" Gilles Deleuze [ Por un territorio para invocar, convocar, evocar, revocar... Refractar signos de los envíos y desvíos de lo real a lo simbólico... y (re)vuelta ]
viernes, 13 de septiembre de 2013
sábado, 24 de agosto de 2013
Bolívar, el hombre de las dificultades (Una película, dos mitos)
-“¿Y te pareció buena la película? -Yo me reí en algunas partes, ¿tú no?” No, la verdad es que no me reí, ni lloré ni me emocioné de modo alguno al ver Bolívar, el hombre de las dificultades. Pero sí me preguntaba: ¿Es en serio? ¿Es en serio esta película? ¿Es en serio que la gente mida el valor de una película por la risa?
Lo diré de una vez: estoy convencida de que Bolívar, el hombre de las dificultades, es el epítome del cine venezolano hasta hoy. ¿Por qué? Lo tiene todo, absolutamente todo, en una sola película.
Unos días antes del estreno de esta película se acentuó la epidemia habitual (tanto en la calle, como en las redes sociales virtuales): Bolívar por todas partes y la consecuente (contra)respuesta: “hasta cuando Bolívar”. Porque Bolívar es una presencia fantasmática en el imaginario venezolano de todos los tiempos: una espada que camina por América Latina, un héroe solar que se opone a toda adversidad, el gran Libertador, un fantasma a caballo que no descansa en la memoria, que vive “fijado” en la incesante repetición: en la moneda, en la frase en la cartelera escolar, en el discurso del presidente (sea cuál sea el de turno), en los murales de la Av Baralt (como ese que parece salirse del muro), en la estatua de la plaza, en las franelas de los buhoneros… Una repetición que ha naturalizado históricamente cierta imagen de Simón Bolívar y del pensamiento bolivariano, como la imagen que nos es propia y verdadera. Acaso una verdad total que no admite disidencia o cuestionamiento. Tan “natural” como el aire que respiramos día a día, y por tanto igual de invisible se vuelve la ideología que subyace en ella. Es obvio que una película sobre Bolívar tenía que generar grandes expectativas. Y más una película que anuncia en su título una aproximación “distinta” al héroe (padre) de la patria. “Yo creo que esta película va a ser polémica, y bien bueno que vaya a ser polémica. Es una invitación para darle una visión muy amplia de lo que puede ser un Libertador”, señaló Luis Alberto Lamata en una entrevista. “Si algo quiere contar la película, es esa condición del hombre de las dificultades. Si algo nos enseña Bolívar, es esa condición de caerse y volverse a levantar. Esa persistencia en un proyecto de país al que no renunció en ningún momento”.
¿La persistencia? La terquedad, me parece, la obcecación de un hombre siempre en riesgo de desbaratarse. Un hombre desorientado, desenfocado por el desencuentro entre las circunstancias y sus propias pulsiones, que pasa sin transición del borde del suicidio a la escritura eufórica de la historia o al retrato lastimero de su soledad heroica como estrategia de seducción en una playa con champagne. Una parodia, casi. Un parapeto de hombre. Más parecido a Miguel Franco, el protagonista destartalado de la novela Después de Ayacucho de Enrique Bernardo Núñez, que a un héroe olvidado, como anuncia el tráiler. Bolívar es en esta representación un payaso y un charlatán. Y esto sería una verdadera virtud, de ser logrado y no apenas esbozado. Traición, venganza, celos, revolución… eso también nos anuncia. La película nos da, en cambio, un melodrama con protagonistas estereotipados al mejor estilo masivo y atrofiado de la industria cultural (los malos de ceja levantada, tan malos como risibles; las mujeres dignísimas y libres en pensamiento pero esclavas del cuerpo), y en cuyas fisuras se filtra el oportunismo insondable de nuestros próceres, la inconsistencia de sus liderazgos y las limitaciones de sus ideas libertarias, con muchas dosis de egolatría y mediocridad (como en esa reunión decisiva en la que los protagonistas de la gesta independentista más parecen diputados de la asamblea nacional) Eso sí nos enseña Bolívar, el hombre de las dificultades: somos como éramos. No hay sorpresa.
Más allá de la polémica (más política que ideológica, en realidad) que ya ha desatado la película, como vaticinaba su director; más acá del divertimento (fácil y superficial) que anticipaba (¿ilusionado?) Roque Valero; esta película es el epítome del cine venezolano, no porque nos enseñe nada verdaderamente nuevo sobre Bolívar, sino porque se resumen en ella todas las fallas, todas las carencias dispersas y reiteradas en la historia de nuestro cine. El “intento” (“por ahora” no el logro) de contar una historia con una premisa básica interesante, que se deshace por un desarrollo argumental deshilvanado, con personajes planos que no se muestran en su hacer ni en su decir, y diálogos que no se deciden entre la impostura o la grandilocuencia y la “naturalidad” de lo oral; el vestuario que más parece disfraz; la inconsistencia de género (quiere ser drama y comedia y aventura y acción) que abarcando mucho aprieta nada; la precariedad en la progresión de las escenas de acción y conflicto; la pretendida neutralidad en la dirección en la que se confunde “vacíos” con espacios para la interpretación; la subestimación del espectador.
Lo diré de una vez: estoy convencida de que Bolívar, el hombre de las dificultades, es el epítome del cine venezolano hasta hoy. ¿Por qué? Lo tiene todo, absolutamente todo, en una sola película.
Unos días antes del estreno de esta película se acentuó la epidemia habitual (tanto en la calle, como en las redes sociales virtuales): Bolívar por todas partes y la consecuente (contra)respuesta: “hasta cuando Bolívar”. Porque Bolívar es una presencia fantasmática en el imaginario venezolano de todos los tiempos: una espada que camina por América Latina, un héroe solar que se opone a toda adversidad, el gran Libertador, un fantasma a caballo que no descansa en la memoria, que vive “fijado” en la incesante repetición: en la moneda, en la frase en la cartelera escolar, en el discurso del presidente (sea cuál sea el de turno), en los murales de la Av Baralt (como ese que parece salirse del muro), en la estatua de la plaza, en las franelas de los buhoneros… Una repetición que ha naturalizado históricamente cierta imagen de Simón Bolívar y del pensamiento bolivariano, como la imagen que nos es propia y verdadera. Acaso una verdad total que no admite disidencia o cuestionamiento. Tan “natural” como el aire que respiramos día a día, y por tanto igual de invisible se vuelve la ideología que subyace en ella. Es obvio que una película sobre Bolívar tenía que generar grandes expectativas. Y más una película que anuncia en su título una aproximación “distinta” al héroe (padre) de la patria. “Yo creo que esta película va a ser polémica, y bien bueno que vaya a ser polémica. Es una invitación para darle una visión muy amplia de lo que puede ser un Libertador”, señaló Luis Alberto Lamata en una entrevista. “Si algo quiere contar la película, es esa condición del hombre de las dificultades. Si algo nos enseña Bolívar, es esa condición de caerse y volverse a levantar. Esa persistencia en un proyecto de país al que no renunció en ningún momento”.
¿La persistencia? La terquedad, me parece, la obcecación de un hombre siempre en riesgo de desbaratarse. Un hombre desorientado, desenfocado por el desencuentro entre las circunstancias y sus propias pulsiones, que pasa sin transición del borde del suicidio a la escritura eufórica de la historia o al retrato lastimero de su soledad heroica como estrategia de seducción en una playa con champagne. Una parodia, casi. Un parapeto de hombre. Más parecido a Miguel Franco, el protagonista destartalado de la novela Después de Ayacucho de Enrique Bernardo Núñez, que a un héroe olvidado, como anuncia el tráiler. Bolívar es en esta representación un payaso y un charlatán. Y esto sería una verdadera virtud, de ser logrado y no apenas esbozado. Traición, venganza, celos, revolución… eso también nos anuncia. La película nos da, en cambio, un melodrama con protagonistas estereotipados al mejor estilo masivo y atrofiado de la industria cultural (los malos de ceja levantada, tan malos como risibles; las mujeres dignísimas y libres en pensamiento pero esclavas del cuerpo), y en cuyas fisuras se filtra el oportunismo insondable de nuestros próceres, la inconsistencia de sus liderazgos y las limitaciones de sus ideas libertarias, con muchas dosis de egolatría y mediocridad (como en esa reunión decisiva en la que los protagonistas de la gesta independentista más parecen diputados de la asamblea nacional) Eso sí nos enseña Bolívar, el hombre de las dificultades: somos como éramos. No hay sorpresa.
Más allá de la polémica (más política que ideológica, en realidad) que ya ha desatado la película, como vaticinaba su director; más acá del divertimento (fácil y superficial) que anticipaba (¿ilusionado?) Roque Valero; esta película es el epítome del cine venezolano, no porque nos enseñe nada verdaderamente nuevo sobre Bolívar, sino porque se resumen en ella todas las fallas, todas las carencias dispersas y reiteradas en la historia de nuestro cine. El “intento” (“por ahora” no el logro) de contar una historia con una premisa básica interesante, que se deshace por un desarrollo argumental deshilvanado, con personajes planos que no se muestran en su hacer ni en su decir, y diálogos que no se deciden entre la impostura o la grandilocuencia y la “naturalidad” de lo oral; el vestuario que más parece disfraz; la inconsistencia de género (quiere ser drama y comedia y aventura y acción) que abarcando mucho aprieta nada; la precariedad en la progresión de las escenas de acción y conflicto; la pretendida neutralidad en la dirección en la que se confunde “vacíos” con espacios para la interpretación; la subestimación del espectador.
Dos
mitos se exponen y se solapan a la vez en esta película: el de Bolívar y el de
Lamata … Acaso un tercero y mayor: el del cine venezolano.
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